| De Rafaela, agua, acuíferos, acueductos y otras yerbas |
| Viernes, 18 de Febrero de 2011 00:00 |
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Por Orlando Pérez Manassero
Hace más de 135 millones de años América del Sur y Africa estaban unidas. Durante el largo proceso de separación de ambos continentes el clima fue variando constantemente y por un período de muchos milenios registró un alto grado de sequedad ambiental. Tal situación fue la causa de que vastas superficies de esas tierras se transformaran en enormes desiertos de arena. Posteriormente, en la que iba a ser América, la intensa actividad volcánica del planeta en formación sepultó a esos arenales bajo una capa de entre 600 y 800 metros de lava. Al enfriarse esta y solidificarse se produjeron fallas en la superficie por las cuales se filtraron aguas de las constantes lluvias que vinieron, aguas que alcanzaron a las profundas rocas arenosas. A tales torrentes se le sumaron los provenientes de fisuras bajo ríos y lagunas por lo que, con el tiempo, el líquido llegó a saturar completamente dichas arenas. Esto sucedió hasta hace unos 20.000 años y ese depósito, protegido de la futura contaminación humana gracias a tan gruesa capa de lava, es conocido hoy como el acuífero Guaraní. El mismo tiene una superficie de 1.194.000 kms2 y guarda 55.000 billones de litros de agua de los cuales el 19% pertenece a Argentina, incluyéndose en tal porcentaje buena parte de nuestra provincia de Santa Fe.
Inmediatamente debajo de nuestros pies, entre 10 y 130 metros de profundidad, contenida entre capas de arcilla impermeable, fluye el agua que supimos utilizar y que ahora se encuentra contaminada. Se trata del Acuífero Puelche que, según explican los que saben, al no disponer de aquel sello protector de lava, recibió en los últimos años y por filtración, los productos residuales originados por el hombre en su vertiginoso crecimiento tanto humano como industrial. La falta de cloacas, los basurales sin bases aislantes, ácidos, lubricantes, combustibles, agroquímicos y tantos otros productos nocivos, se escurrieron durante años acarreados por las lluvias para contaminar la tierra por donde circulan esas napas transmitiéndole al agua su ponzoña y haciéndolas no aptas para el uso humano. A esto se deben sumar los elevados índices de Arsénico y otros minerales pesados que naturalmente toma el agua en su circulación por la tierra y aún se debe agregar los grandes bolsones con alto grado de salinidad, resabios de antiguos mares prehistóricos.
Esta es la situación en la que encontramos a nuestra ciudad de Rafaela. Ubicada sobre el Acuífero Puelche, del que se valió por años, hoy recibe agua del mismo pero tomándola de pozos perforados 60 kilómetros más al este y transportada por cañerías mediante bombeo constante, tratada, potabilizada y controlada a un, suponemos, alto costo por litro, pero con un caudal insuficiente para una ciudad de 100.000 habitantes. Prometen que para solucionar el problema se construirá otra cañería, esta vez de unos 150 kilómetros con cientos de bombas en el camino para elevarla a nuestro nivel y que nos traerá, Dios y gobiernos mediantes, agua proveniente del río dentro de varios años. Entonces, además del tratamiento habitual, habrá que asegurar especialmente la eliminación de bacterias como la Pseudomona, protozoarios, algas, zooplancton, fitoplancton y otras cositas que abundan en ella además de los residuos que las ciudades costeras vuelcan normalmente en los cauces. Aquí nos preguntamos: cientos de pueblos y ciudades que nos rodean y que no disponen de acueducto alguno, están extrayendo agua de este acuífero al que aseguran contaminado, la potabilizan y la usan. Entonces ¿por qué en Rafaela no es posible extraer el vital liquido que tanto necesita mediante pozos de 100 metros de profundidad ubicándolos aguas arriba, es decir al oeste de la ciudad, y tratarla convenientemente con menor inversión y menores plazos de puesta en marcha? Claro que si nos demuestran los profesionales que esta opción es inviable solamente aquí debido al alto grado de contaminación que presentan las napas en torno a nuestra ciudad, es entonces que nos queda otra alternativa. El límite oeste del Acuífero Guaraní en nuestra Provincia no fue todavía delimitado pero se supone llega hasta la vecina Córdoba. La salinidad de este acuífero va en aumento desde el este hacia el oeste por lo tanto hay que reconocer que existe un cierto riesgo de que el agua a obtener sea salada. Al no haber datos conocidos de exploración en la zona podemos suponer, con ánimo positivo, que quizás de 1.000 a 1.500 metros por debajo de nuestros pies las arenas saturadas nos brindarán millones de litros de agua dulce. Por supuesto que un pozo de tales características debe ser encamisado para que no se mezcle el líquido sano con las aguas de más arriba, pero ese costo se compensaría con la eliminación de las bombas ya que el agua debería poseer una presión de surgencia que la haría elevarse naturalmente. Una vez en superficie tendría que ser depositada en cisternas o crear un lago con fondo impermeabilizado que serviría de esparcimiento y hasta para baños termales - la temperatura del líquido, al salir, oscilaría entre los 33°y 65°C - donde el agua reposaría hasta enfriarse antes de ser captada para potabilizarla. De todas maneras perforar 10 pozos de 1.500 metros y dotarlos de un caño plástico a cada uno no cuesta lo que 150.000 metros de grandes tubos, edificios, instalaciones, bombas y personal habrán de costar, y ni que hablar del menor trabajo y menos tiempo que una obra así demandaría. Ya tenemos ciudades tanto de nuestro país como del Brasil que lo han hecho, pero quizás el profesional diga que estoy equivocado, que para Rafaela es un proyecto inviable por tal y tal razón… entonces pido perdón otra vez por mi ignorancia, pero… mientras tanto ¿no se podría probar con un pozo?
Fuente: La Opinión (Rafaela) |
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