| Sobre el Puerto de la Música |
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Por Agapito Blanco
Los países desarrollados nos muestran arquitectura emblemática más sustentable, más digna. La Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, la Opera de Sidney, o más cerca todavía el fantástico Museo Guggenheim de Bilbao, proyectado por el genio irreverente de Frank Guehry, que posisionó a la ciudad vasca en la exclusiva lista del turismo arquitectónico internacional.
Ahora bien: francamente no imagino a los mentores de estas obras proyectándolas en ciudades con carencias estructurales o, lo que es peor, con miles de familias sin techo y viviendo en la más absoluta miseria física, social y cultural. Pero eso es lo que al parecer ocurrirá en Rosario con el Puerto de la Música.
Que un individuo decida gastar fortunas en un cuadro de Picasso, una Ferrari, un iPad o una casa de cincuenta millones no me preocupa. Sin esas personas y lo que ellas disparan en la sociedad no se hubiese inventado el tomógrafo, la penicilina, la energía eléctrica, el teléfono y tantas otras cosas que hasta el mas comunista disfruta.
Pero el conjunto social, la verdadera cultura de un pueblo no puede permitir saltearse los más elementales códigos de prelación (qué es primero, y qué después). Nuestros gobernantes fueron elegidos para administrar nuestros recursos. No sólo los económicos, sino más importante aún, los intelectuales, los paradigmáticos. Aquellos gestos que nos proyectan y nos hacen más justos, más admirables. Lamento que no nos demos cuenta. Transitamos ciudades repletas de asentamientos precarios que hace años dejaron de ser de emergencia, ya que esta debe ser transitoria y no permanente, Forman parte de nuestro paisaje urbano, como los carros y vecinos no tan lejanos mendigando una moneda. Si viéramos a una mujer sin ropa comiendo de la basura nos llamaría más la atención la desvergüenza de su desnudez que el origen de su alimento. Estamos ciegos y, lo que es peor, mudos.
El Estado debe garantizar educación, salud, justicia y seguridad. Todo lo demás viene solo. No nos distraigamos. En el camino por la construcción de la excelencia de esas cuatro cosas habremos resuelto todo lo demás. No habrá mas villas ni pobres, los policías nos resultaran amigables, la justicia será creíble, la educación permanente y las enfermedades sólo complejas. Habrá más trabajo y por ende más cultura. Habrá más medallas olímpicas y orgullosos edificios. Las zanjas serán un recuerdo y el humo de las cubiertas sólo una época triste.
Lo público debe ser honesto y sustentable. Debe unirnos, debe ser digno. Para inmoral, estamos los individuos.
Fuente: La Capital (Rosario) |
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